LA SOLEDAD INADVERTIDA

      Al margen de cualquier espacio inaccesible (contemplado desde el instante preciso en que la imagen se desplaza hacia la luz, formando las notas discordantes de su composición), estamos tentados a representar los mundos interiores capaces de voltear las sombras que, cada cierto tiempo, se instalan en los adentros para ceremoniar su encuentro con nosotros.

      Desde la geometría de un entorno, que es su pulso, el trazo se hace suave y comienza a perfilar un movimiento que anima a dar respuesta a todos y cada uno de los enunciados expuestos en la verticalidad del sueño.

      Estamos tan acostumbrados a la simbología de lo inútil, que toda orientación que presuponga disfrazar tendencias, o jugar con lo efímero, nos llevará hacia una determinada metafísica del color, lejos de la dialéctica luz-sombra que compone, en definitiva, el verdadero espacio creativo. Volvemos así a una representación gradual de códigos bajo la cromatización de un singular entramado donde los efectos de la luz se contraponen a las dimensiones reales del lienzo. De nada sirve absorver lo contemplado si esta mirada no va sugerida por un "decir", por un "hacer", en las vísperas, en los recuerdos, en las tentaciones, multiplicando y dimensionando la realidad en una imagen perdida que el color (aunque no se pronuncie) nos revela como sentido.

      Ahora, tan solo nos falta por saber si ese sentido es capaz de transformarse en sentir y nos apunta la exacta configuración de una obra oral, escrita en la soledad inadvertida del que la contempla.

ANTONIO MERINO
Madrid, abril de 1.991